Diez años juntos: una carta de un hombre, y un padre, enamorado

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Marie-Ange Demory
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carta de amor de un papa

A lo mejor si soy enamorado de ella precisamente porque no sabe andar en bicicleta. Cosa que me pareció tan absurda al principio, incluso intentamos un día en el parque que yo sujetara su asiento pero nada, solo le faltaba el equilibrio.





Ya, equilibrio. Tal vez me enamoré de ella porque no sabe cocinar, no le gusta mucho, así que no, punto. Un filete es un filete, un bacalao es un bacalao. Sin salsa particular, sin coberturas elaboradas. Sartén y aceite, esa sal también es mala, dice.

Tal vez me enamoré de ti porque tienes pequeño pecho, que siempre me he vuelto loco por las tetonas, nunca bajé de la tercera y en cambio me enamoré de ella, que además no aguanta el fútbol, ​​y no le gusta escuchar al Vasco, que para mí son drogas.

Me enamoré de ti porque todas las noches te suplico dormir abrazado y él responde que no, que se mueve demasiado y que no podría pegar ojo.

ella quien es fanático de la precisión mientras yo lucho por encontrar mi billetera casi todas las mañanas, ella que no se sumerge cuando vamos al mar “me molesta en los ojos”, explica mientras le pellizco los pies haciéndome pasar por una medusa.

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Tal vez, pero tal vez, me enamoré de ti precisamente porque representas lo que me faltaba para sentirme completo. Porque ella es diferente a mí, y cada vez es un descubrimiento. Un poco como vivir.



Y luego tomas todas las fotos que yo no tomaría, pagas las cuentas que olvidaría, muestras esas sonrisas que escondería.

Ley me dio un hijo, y lució ese vestido de mami como si siempre lo guardara en el closet, esperando sacarlo para la ocasión indicada. Pensó que se sentía incómoda con él, que le quedaría bien, a pesar de lo delgada que es. Tenía miedo de que la vieran por ahí, de no poder ni subirse la cremallera por sí sola.

En cambio es hermosa, en cambio se mueve con cuidado, en cambio cuando camina no puedo evitar mirarla. Ese vestido le queda bien, parece que se lo han hecho. A veces parece cambiar de color, pero es solo la luz.

Y sucede que me gustaría quitársela, encontrándola desnuda de responsabilidad, volviendo a ser nosotros. los de la primo bacio en los Yaris, esos que bailan en una discoteca española.

Pero el pasado es un cuarto cerrado, y el futuro es precisamente ese armario de ahí, del que cada vez sale ropa diferente. Y hoy somos estos, después de diez años. Siempre somos nosotros, pero algo más. En abril es el nuestro aniversario. Diez años. Y parece que fue ayer, y parece que hace un siglo.


Diez años, y cómo sigue esta vida aquí. Que haces veintiséis en un examen de sociología y al salir te encuentras un bebé gateando, y se parece a ti. Justo como ese veintiséis.

Cómo pasa el tiempo y cómo cambiamos. Ella, su pelo, las fotos en los marcos de la pared, las prioridades, los fines de semana, las vacaciones, la nevera. Cómo cambia. Y cómo corremos juntos, afortunadamente sin bicicleta.

Me gustaría contarle a nuestro hijo cuando éramos alegres, borrachos, celosos, ingenuos. Sí, estos dos viejos, hijo mío, sé que no lo vas a creer pero es así.


Al principio recuerdo que llevábamos la cuenta de las camas donde dormíamos: hoteles, casas, campings, viajes. Perdimos la cuenta después de unos años. No sabíamos que poco después íbamos a poner una línea para el total, con un "+1" junto a ella, una cama donde nunca hemos dormido, pero donde duerme nuestro sueño más hermoso.

Mis mejores deseos para ti, que me enseñaste que no basta con ser mujer, esposa, amiga, madre. Lo importante es saber ser socio.

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